Bárbara Medina, bailarina afroparaguaya del ballet Kamba Kua: “Me hacían sentir tan mal en la escuela que quería ser blanca como ellos”.

Nota: Santi Carneri / Fotografía: Mayeli Villalba

Una de las principales bailarinas afrodescendientes de Paraguay sufrió tanto racismo en el colegio que se enojaba cuando su madre le decía que ella era negra como toda su familia. Cuánto racismo debe existir en el país para que Bárbara Medina, una de las más conocidas y hermosas representantes de la cultura afroparaguaya en la actualidad, pasara media juventud escondida, avergonzada por las miradas inquisidoras, las risas burlonas y los comentarios racistas que encontraba a su paso.

“No aceptaba que yo era negra, me encerraba en mi mundo. Mi mamá me había dicho que yo era negra pero yo le decía que era blanca porque tenía las manos blancas”, dice la integrante de la compañía de danza y percusión afroparaguaya Kamba Kua.

Bárbara, que a sus 20 años estudia radiología en la universidad, nació y creció en la humilde comunidad Kamba Kua, que en guaraní significa “cueva de negros”, un barrio entre Fernando de la Mora y San Lorenzo, a pasos del campus de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), el lugar donde en 1820 se instalaron unos 400 soldados de origen africano que acompañaban al prócer uruguayo José Gervasio Artigas en su exilio en Paraguay.

Ella recuerda sonriente una infancia feliz en la escuela de su zona donde estudió junto a otros niños y niñas afros y no afros. Todo lo contrario a las memorias que tiene del comienzo de la secundaria, cuando tuvo que acudir a un colegio en otro barrio donde era la única adolescente negra.

“Me hacían sentir tan mal en la escuela que quería ser blanca como ellos, tenía 13 años o menos”, explica Bárbara sentía entonces que sus compañeros le miraban raro y que no se juntaban con ella. Ni siquiera podía salir a jugar al recreo tranquila porque muchas veces los niños le hacían burla con insultos racistas. “Cosas de niños, pero que cuando sos niño tocan y duelen más. Era bastante difícil y recuerdo como solo otras personas discriminadas eran mis amigos, los compañeros con anteojos o con sobrepeso, nos unía la solidaridad”, afirma.

En un país donde no existen políticas que fomenten la inclusión de las minorías en el sistema educativo ¿cuántos niños y niñas pueden estar sufriendo hoy la misma discriminación que Bárbara enfrentó en la escuela? El racismo, como ella resaltó, afecta también en Paraguay a las personas con rasgos indígenas o tez un poco más oscura que la que estamos acostumbrados a ver en los programas de televisión.

“Para ser paraguayo hay que ser blanco, si sos negro se piensan que venís de Brasil”, comenta Bárbara, quien asegura que solo a partir de los 15 años pudo aceptarse a sí misma sin importar lo que dijeran los demás gracias a que asistió a congresos y charlas sobre discriminación.

“Me sentí más libre comentando a otras personas lo que me pasaba y lo que sentía y me di cuenta de que había mucha gente que me quería y me aceptaba como era. Pero antes no quería ir ni a la esquina”, dijo.

La Academia Paraguaya de la Historia calcula que la mitad de la población de Asunción era afrodescendiente en 1799 y que en 1870, justo antes de la Guerra de la Triple Alianza, los afroparaguayos eran el 10 por ciento de los habitantes del país. Pese a su importancia en la historia de Paraguay, como en el resto de América, los afrodescendientes han sido discriminados e ignorados de forma tradicional por los distintos gobiernos y regímenes del siglo XX hasta hoy. Unas 7.000 personas se reconocen como afrodescendientes en Paraguay, según la Asociación Kamba Kua, pero pocos paraguayos lo saben.

La dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989) les arrebató el 80 % de la tierra que les quedaba, unas diez hectáreas, y en la actualidad, tras luchar judicialmente frente a especuladores urbanísticos públicos y privados, viven casi 700 personas en una hectárea y media de terreno. La falta de espacio en la comunidad para nuevas viviendas obliga a los más jóvenes afroparaguayos a alejarse de sus familiares y de sus centros culturales en busca de alquileres en otros puntos de la ciudad lo que podría difuminar la práctica de sus tradiciones afroamericanas.

“El Gobierno nos deja de lado por falta de interés. Siempre pedimos que se difunda la historia de los afrodescendientes y de cómo llegaron a Paraguay, pero el Gobierno no nos visibiliza ni a nivel nacional porque no valoran la cultura y que nosotros somos parte de ese patrimonio de Paraguay. A los niños se les debería enseñar en la escuela que también hay afrodescendientes paraguayos”, manifestó.

Nota de: Santi Carneri

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