A los 14 años le dije a mi mamá que era gay. Me había dado cuenta porque me gustaba una compañera de la otra sección. Mi mamá no se tomó nada bien esa noticia. Creo que ella fue la primera en discriminarme, diciendo que yo la había decepcionado y que nunca estaría completamente realizada, ya que no podría formar una familia y que todos en la sociedad me iban a apartar. Luego de decírselo a ella, se lo dije a la chica que me gustaba. Le envié una carta. Hasta ahora no sé si ella mostró esa carta a sus amigos o alguien se la quitó. Pero toda la escuela se enteró. Los que eran cercanos a mí se apartaron un poco, pero los chicos que no me conocían me miraban raro y no me hablaban. Si yo antes podía irme a compartir con ellos el recreo, después de eso, ya no. Nunca supe cómo, pero la psicopedagoga de la escuela se enteró. Empezaron las largas sesiones de “terapia” donde me repetía mil veces que lo que yo sentía no era amor. Nunca me voy a olvidar de esa mirada tan horrible que me dio cuando le dije que no me desagradaba la idea de besar y abrazar a una chica. Como era una escuela católica, me insistía en buscar el amor de dios, que esa era mi “salvación”. Y ahora ya pasaron seis años. Conocí a muchas personas que me ayudaron a sobrellevar la situación. Mis primos me apoyaron y/o respetaron, mi madre terminó aceptando la realidad, y con ayuda de mi psicólogo, los viejos miedos e inseguridades quedaron atrás. Creo que todo tiene su punto de inflexión. Al terminar la escuela e ir al bachillerato a otra institución, empecé una nueva vida sin temores. Simplemente me alejaba de los que me miraban raro y me concentraba en el cariño y la comprensión de mis amigos, que eran pocos. Sigo teniendo contacto con varios de ellos. Y ahora, puedo decir que estoy tranquila conmigo, que tengo la fuerza de aceptarme y amarme como soy, sin miedo al qué dirán. Gracias a las personas que me dieron la mano, ya no me siento sola.