Discrimina el Estado, discrimina la gente, discriminan las iglesias        

20 de Setiembre de 2015

Los instrumentos de derechos humanos prohíben la discriminación por razón de creencias religiosas, pero a  veces es la institución religiosa  la que discrimina. Provengo de una familia católica apostólica romana, de niña incluso cantaba en latín en la iglesia, y  todo el año se rezaba el Santo Rosario en mi casa. Sin embargo, con el correr del tiempo, fui transgrediendo  una a una las normas eclesiales de mi religión familiar. Y por esta libertad de opción, sufrí discriminación en una institución católica  por mi condición de persona casada- divorciada.

Ocurrió así: Cuando regresé de Europa en el año 1987, tenía muchísimas ganas de  transmitir mis conocimientos  a través de la docencia universitaria. Yo estaba llegando con un entusiasmo tremendo, y me parecía que por haber tenido la oportunidad de realizar estudios de post-grado en universidades europeas, no encontraría ningún obstáculo luego de haber permanecido durante  ocho años lejos de mi patria. Así que decidí hablar con un colega amigo que era profesor de una universidad adscripta a la jerarquía católica, para que me indicara cómo llegar a cumplir con mi sueño.

Este querido amigo, se mostró muy feliz  con mi pretensión, contestándome espontáneamente “Para mi será un honor actuar de proponente  y la universidad va a ganar en todo sentido con una docente como vos en la Facultad de Derecho!” De inmediato arreglamos todos los requerimientos como curriculum vitae, certificado de antecedentes, etc. Y qué pasó? El colega guardó silencio, mutismo total sobre el tema.  Yo le llamaba y respondía con evasivas. Hasta que un día decidí ir a su estudio jurídico a averiguar la cuestión. Él, un poco nervioso, me invitó a tomar un café en el bar de frente a su oficina, y vi que su cara tenía una expresión  de angustia que revelaba una respuesta dudosa. Ansiosa, le pregunté: Se te perdieron mis documentos?, mi curriculum es insuficiente? o no pudiste aun realizar la gestión en el Decanato?

Luego de una larga reflexión y de mostrar un rostro vacilante me dijo:“Me da cierta vergüenza decírtelo, me duele en el alma, tal vez te vas a enojar, pero ocurre que hay un obstáculo  insalvable”. Insalvable?- le pregunté- Sí, amiga, porque sos DIVORCIADA, por esa razón no podrás ser docente de la Facultad de Derecho. Me costó creer,  y fui a verificar formalmente mi situación, y obtuve toda la amable explicación que confirmaba la información de mi colega, debido a un canon o algo así, cuyo nombre no recuerdo. Se trataba de una orden general dela Santa Sede.”Nada personal”, me dijeron.

Y yo sentí que temblaba desde los pies hasta las rodillas. No me disgusté, sentí una profunda tristeza. Renegué de mi candor… y sentí  un acto de violencia que me castigaba duramente por haberme otorgado el derecho a  la libertad,la libertad de decidir sobre mi vida. Esta situación me enseñó a sentir desde mi yo interior  el efecto tremendo de la discriminación y su consecuencia: la exclusión, y me enseñó a comprender el significado de: Vivir la discriminación. Por eso va mi testimonio, y por el bien de la libertad en la formación académica espero que esa “orden superior” haya desaparecido. FIN

Indígenas

hace muchos años trabajo por los derechos de los pueblos indígenas, tanto desde mi presencia personal  como integrada a instituciones nacionales e internacionales que se dedican al tema. Estas actividades me han dado oportunidad para escuchar la voz de indígenas de todos los pueblos del Paraguay y de otros países.