En mi barrio existe una congregación de creyentes religiosos, que cada tanto realiza un recorrido por el barrio predicando sus creencias. Una mañana estaba limpiando mi jardín, cuando un grupo de personas se amontonó frente a mi portón y tocaron el timbre. Fui a atenderlos amablemente y luego de cordiales saludos, me hicieron la primera gran pregunta: ¿Usted cree en Dios?. En ese entonces sí lo hacía, pero quería saber qué reacción tendrían aquellas personas si les daba un No como respuesta. A continuación de mi respuesta, le siguió un minuto de silencio escalofriante, unas miradas de sorpresa, se miraron unos a otros pensando en qué me responderían. Una de las señoras que tenía consigo su biblia y con el dedo índice señalando una página, luego de mojar sus labios e hilar palabras nuevamente, buscó afanosamente en su pequeña biblia una página, cuando por fin la halló, me preguntó si podría leerme algunos pasajes, impaciente por su respuesta le dije que sí y comenzó a leer. No recuerdo lo que señalaba el pasaje ni tampoco recuerdo con claridad las palabras de la señora al terminar de leer, lo que sí recuerdo, fue su mensaje que fue el siguiente: debía creer en un Dios superior porque de otra manera yo no viviría una vida plena y feliz conmigo misma.

Yo creo que un derecho fundamental que se me fue vulnerado fue: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.”

Tras varios años después de aquella situación, puedo decir que soy una persona libre de religiones, feliz y plena. Nadie tiene el derecho de discriminarte por tus creencias ni condenarte a una vida infeliz por no seguir una doctrina religiosa. Es tu decisión, es tu forma de ver la vida y si te hace feliz, pues…¡BIENVENIDO SEA!