Nota: Santi Carneri / Fotografía: Santi Carneri

En la banda creada por Jennifer Hicks y Míguel Narváez, Pura Hei Soul, no hay diferencias salariales entre los cuatro hombres y las tres mujeres que la integran. Una burbuja excepcional en medio de un mundo donde ellas ganan por lo general un 30 % menos que ellos, según Naciones Unidas, un universo desigual de donde no escapan la música y el espectáculo.

Esperamos de los artistas una mente abierta, una visión más original de la vida, idealizamos a las personas que se dedican a la poesía, la música o la pintura como más tolerantes o igualitarias, pero, ¿Es así realmente?
“Hay muchas cosas por trabajar todavía por la inclusión de la mujer en el mundo del arte”, explica la cantante asuncena. Jennifer describe el entorno musical de la capital paraguaya como, de entre todos los trabajo que ha tenido, el ambiente laboral más tolerante y abierto en el que ha estado, pero reconoce que es una industria donde también existe la discriminación “por todas partes”, hacia las mujeres y también hacia la gente con menos recursos económicos. “Supuestamente los artistas deberían tener la mente más abierta en eso y sin embargo no es tan así, me parece que sucede exactamente igual que en el resto de la sociedad: excepcionalmente se da un ambiente de igualdad, pero no es la norma general”, detalla.

El acoso sexual, la imposición de tareas de servicio doméstico o los comentarios sexistas a espaldas de las cantantes y las instrumentistas son algunos de los ejemplos más preocupantes de machismo que Jennifer destaca haber encontrado en sus ocho años de trabajo en la industria musical de Paraguay.

“Se escuchan los comentarios de los perros: ésta se cogió a alguien, ella tiene su disco porque no sé quién es su chongo… Hace poco me ocurrió eso con una cantante que prefiero no nombrar. Algunos músicos venían hablando adelante mío sobre ella con desprecio, después escuché su trabajo, la conocí mejor y es una chica re laburante, que ha trabajado mucho para tener contactos, pero los perros la tiran para abajo”, dijo. Antes de poder vivir de sus actuaciones y trabajos musicales, Jennifer tuvo varios empleos: desde gestora o vendedora en una oficina a encargada de un bar. “En todos sí o sí sufrí acoso de algún tipo. En la música también existe pero es el lugar donde menos acoso sexual tuve”, dice.

La artista recuerda varios ejemplos de discriminación en carne propia. Un día, siendo ella la única mujer en un estudio de grabación donde estaba componiendo junto a otros músicos, una serie de gestos y frases rutinarias, casi naturales, dieron por hecho que ella debía ser la encargada de ir a buscar comida mientras los hombres seguían el trabajo creativo. “Algo se rompió adentro de mí, porque me di cuenta de que hasta yo misma estaba ya pensando en hacerme cargo de esa tarea en lugar de los hombres, cuando lo que más quería era no perderme el proceso creativo”, dijo. En otra ocasión, un “súper guitarrista” de la escena nacional se acercó a Jennifer y a una de sus compañeras instrumentistas tras un concierto y las felicitó “por el solo y por la minifalda”. “Fue incómodo, y lo peor es que es común esta clase de cosas y el protocolo social dice que elegantemente tenés que hacer caso omiso. Pero es raro e incómodo que opines sobre mi aspecto físico si estamos hablando de trabajo”, matiza.

También recuerda vivamente otro episodio en el que un reconocido músico paraguayo la insultó y maltrató verbalmente por una diferencia de criterios a la hora de reconocer los derechos autorales de un tema. “Él no quería reconocer la participación de una persona que compuso un tema porque era una mujer, discutimos sobre eso y me tocó soportar sus agresiones verbales. Si yo hubiera sido un hombre no me hubiese maltratado como lo hizo”, asevera.

Jennifer viene de una familia que, como ella, exhala talento. Ha heredado la portentosa voz y el carácter de su padre, el futbolista paraguayo Ramón Hicks, ex jugador de la “Albirroja” y de importantes clubes nacionales e internacionales. Él canta “desde siempre”, según Jennifer, e inculcó a sus hijos desde muy pequeños la afición a cantar o a tocar un instrumento. Una de las hermanas de Jennifer, Melissa, también es cantante profesional y lidera el grupo Tekove, una moderna y excelente reinterpretación del folklore nacional.

Las cantantes preferidas de Jennifer son talentosas artistas que además destacan por ser comprometidas luchadoras sociales como Mercedes Sosa, Lila Downs, Violeta Parra, Nina Simone o Concha Buika. “Son muchas las reinas que me inspiran”, destaca.

“Muchas de estas cantantes enseñan que para cambiar las cosas hay que empezar cambiando nuestro entorno inmediato y me parece bien conversar y abrir debate sobre esto porque ayuda y construye a que haya más igualdad entre hombres y mujeres”, declara.

Un 59 por ciento de las mujeres paraguayas ha sufrido alguna vez violencia psicológica, física o sexual. Unas 20 mujeres son asesinadas en Paraguay por sus parejas cada año; seis niñas y adultas, por día, sufrieron algún tipo de violencia en sus hogares en Paraguay y lo denunciaron en el año 2008, según un informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Quizá todo esto explica por qué Paraguay fue el último país de Sudamérica en aprobar el sufragio femenino, en el año 1961, y ostenta uno de las menores tasas de representación parlamentaria femenina de América Latina, según el Banco Mundial.