Por: Maximiliano Manzoni  |

“Ni opresores ni siervos alientan, donde reinan unión e igualdad, unión e igualdad…“

Escucho repetir esta frase trillada, periódicamente, retumbando desde la escuela pública más cercana. Voces de niños y niñas de todas las edades que la repiten todos los días en la formación general, antes del inicio de sus actividades.

Me pregunto, constantemente, sobre el significado de esa estrofa. Y si quizás los educandos que la pronuncian casi de manera mecánica, alcanzan a comprender la totalidad de su significado. Y si nosotros, también. Pienso en que muchos de ellos, ahí, ya en la escuela, sufren de una realidad que dista de los adjetivos prodigados en el Himno Nacional.

Son otros los adjetivos, los peyorativos, la constante. De las desigualdades nace el abanico más amplio de la discriminación. La falta de entendimiento desde las diferencias es el ejercicio básico el cual aplazamos cada día. La intolerancia anula el debate, impidiendo derribar los prejuicios graníticos en pos de históricas reivindicaciones. Blancos, negros, gays, mujeres, pobres, ricos, cristianos, ateos, indígenas, hinchas de Olimpia, hinchas de Cerro, vemos repetido en cada escenario este panorama.

Es nuestra deuda ética como sociedad comenzar a derribar esos muros. Es una tarea compleja porque contempla muchas y diferentes aristas. Los prejuicios, esas ideas enquistadas por tradición, por herencia histórica, etcétera, no sólo nos obnubilan del daño que generamos como sociedad a los diferentes sectores vulnerables, como perpetuamos injusticias diarias, las más graves porque acostumbran a lo que está mal; sino que nos priva a nosotros mismos de crecer como personas. He ahí el meollo principal. Desde la omisión de dichas injusticias, o siendo participes activamente, nos privamos de experiencias, riqueza cultural, puntos de vista y sobre todo, una sociedad más saludable, una visión más humana y un país más justo. Y si bien se puede comprender el trasfondo que lleva a uno a tener y defender ideas discriminatorias, bajo ningún argumento las justifica. En estos tiempos de reivindicaciones alrededor del globo, atarse a las ideas discriminatorias heredadas es una elección.

Esa es la lucha a la cual debemos encomendarnos, cada uno desde el espacio y las limitaciones que tenga. La de reducir las desigualdades, la de trabajar por derribar esos muros, pero sobre todas las cosas, las de cuestionarnos, y mucho, todos los días, sobre el valor de estas acciones y nuestra propia visión de una sociedad donde la equiparación de derechos y el fin de las humillaciones y agravios por los que “son diferentes“ (que al fin y al cabo, somos todos y todas), sea una realidad.

Se vuelve imperante que para avanzar en nuestra incipiente democracia, la sociedad comprenda que la equiparación de derechos para tal o cual sector determinado no es una victoria para dichos sectores, sino un progreso para toda la sociedad en conjunto. Solo abrazando esa gran lucha, unidos por la igualdad, podremos darle sentido a esas palabras patrias, y enseñarles el mismo a los niños y niñas que las siguen repitiendo, cada mañana, en cada escuela del país.

Maximiliano Manzoni es un joven escritor y colaborador en varios medios digitales en temas de actualidad, cultura y DD.HH.